R E P O R T Á
N D O S E
Una vez un sacerdote haciendo su recorrido por la
iglesia, al mediodía, y al pasar por el altar decidió quedarse cerca para ver
quién había ido a rezar. En ese momento
se abrió la puerta y el párroco frunció el entrecejo al ver a un hombre
acercándose al pasillo. Éste iba sin
afeitarse desde hace varios días, vestía una camisa rasgada y llevaba el abrigo
gastado, cuyos bordes se habían comenzado a deshilachar. El hombre se arrodilló, inclinó la cabeza,
luego se levantó y se fue.
Durante los siguientes días, el mismo individuo,
siempre al mediodía, llegaba a la iglesia cargando una maleta, se arrodillaba
brevemente y luego volvía a salir.
El padre, un poco temeroso, empezó a sospechar de que
se tratara de un ladrón, por lo que un día se puso en la puerta, y cuando el
hombre se disponía a salir le preguntó:
-
“¿Qué haces aquí?”
Este dijo que trabajaba cerca y tenía media hora libre
para el almuerzo y aprovechaba ese momento para rezar.
-
“Solo me quedo unos instantes porque la fábrica queda un poco lejos, así
que solamente me arrodillo y digo:
“Señor, vine nuevamente para contarte lo feliz que me haces cuando me liberas
de mis pecados. No sé rezar muy bien,
pero pienso en ti todos los días; así que, Jesús, éste es Jim, reportándose”.
El padre, sintiéndose un tonto, le dijo a Jim que
estaba bien y que era bienvenido a la iglesia cuando quisiera. El sacerdote se arrodilló ante el altar,
sintió que se derretía su corazón con el gran calor del amor. Mientras las lágrimas corrían por sus
mejillas, en su interior repetía la plegaria de Jim: “Solo vine a decirte,
Señor, cuan feliz fui desde que te encontré a través de mis semejantes y me
liberaste de mis pecados. No sé muy bien
cómo rezar, pero pienso en ti todos los días; así que, Jesús, soy yo,
reportándome”.
Cierto día, el párroco notó que el viejo Jim no había
ido. Los días siguieron pasando sin que
él regresara para rezar. Continuo ausente, por lo que el padre comenzó
a preocuparse, hasta que un día fue a la fábrica a preguntar por él y allí le
dijeron que estaba enfermo, que a pesar de que los médicos estaban muy
preocupados por su salud, todavía creían que tenía una oportunidad de
sobrevivir.
La semana en que Jim estuvo en el hospital trajo
muchos cambios, él sonreía todo el tiempo y su alegría era contagiosa. La jefa de enfermeras no podía entender
porqué Jim estaba tan feliz, si nunca había recibido flores, ni tarjetas o
visitas.
El sacerdote se acercó al lecho del convaleciente
junto con la enfermera y ésta le dijo, mientras Jim escuchaba:
-
“Ningún amigo ha venido a visitarlo, él no tiene a donde recurrir.”
Sorprendido, el viejo Jim dijo con una sonrisa:
-
“La enfermera está equivocada, pero puede saber que a diario, desde que
llegué aquí, al mediodía un querido amigo mío viene, se sienta en mi cama, me
toma de las manos, se inclina sobre mí y me dice:”
-
“Solo vine a decirte, Jim, cuan feliz fui desde que encontré tu amistad
y te liberé de tus pecados. Siempre me
gustó oír tus plegarias, pienso en ti cada día.
Así que, Jim, éste es Jesús, reportándose”
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