LOS HOT CAKES
El pequeño Daniel, de seis años de edad, decidió una
mañana prepararles hot cakes a sus papás para desayunar. Encontró un gran tazón y una cuchara, acercó
una silla a la mesa y trató de alzar el pesado paquete de harina para
abrirlo. La mitad del paquete quedó
desparramado en la mesa, la silla y el suelo.
Tomó toda la que pudo con sus manitas y la puso dentro del tazón, después le agregó un poco de leche y azúcar
haciendo una mezcla pegajosa que empezaba a chorrear por los bordes. Además, había ya pequeñas huellas de harina
por todas la cocina dejadas por él y su gatito.
Daniel estaba totalmente cubierto de harina y comenzaba a frustrarse.
Él quería darles una sorpresa a sus papás haciendo
algo muy bueno, pero todo le estaba saliendo al revés. No sabía qué más había que agregar a su pasta
o si tenía que hornear los hot cakes, además de que nunca había usado el
horno. Cuando miró otra vez la mesa, su
gatito estaba lamiendo el tazón, por lo que corrió a apartarlo, pero por
accidente se volcó el cartón de leche y se quebraron los huevos que iba a
ocupar. Intentó agacharse a limpiarlos,
pero resbaló y quedó con toda su pijama pegajosa, llena de harina, leche y
huevo.
En ese momento, vio a su papá de pie en la
puerta. Dos grandes lágrimas se
asomaron por sus ojos. Él sólo quería
hacer algo bueno, pero en realidad había causado un gran desastre. Estaba seguro de que su papá lo iba a regañar
y posiblemente a castigar. Pero él sólo
lo miraba en medio de aquel desorden.
Entonces, caminando encima de todo aquello, tomó en su brazos a su hijo
que lloraba y le dio un gran abrazo lleno de amor, sin importarle llenarse él
mismo de harina y huevo.
Así es como Dios
nos trata. A veces intentamos hacer bien
las cosas, pero sin quererlo, terminamos haciendo un desastre.
Nuestra familia se
pelea, insultamos a un amigo, hacemos mal nuestras obligaciones o desordenamos
nuestra vida. Otras veces, sólo podemos
llorar, porque ya no sabemos qué más hacer.
Entonces es cuando Dios nos toma en brazos, nos perdona y nos demuestra
que nos ama sin importarle cuánto nos hayamos ensuciado. Pero por el simple hecho de habernos
equivocado, no debemos de dejar de “preparar hot cakes” para Dios o para
alguien especial… Tarde o temprano lo lograremos, y Dios estará orgulloso de
nosotros, porque no nos dimos por vencidos… y percibiremos esa sensación de
plenitud al haberlo conseguido.
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