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“Papi, ¿Cuánto me quieres?”
El día que mi hija nación, de verdad no sentí gran
alegría, porque la decepción que sentía parecía ser más grande que el milagro tan
grande que estaba ante mí, el tener una hija. YO QUERÍA UN VARÓN.
A los dos días del acontecimiento, fui por mis dos
mujeres; una lucía pálida y cansada y la otra radiante y dormilona.
En pocas semanas me dejé cautivar por su sonrisita
inocente y su mirada fija y penetrante, fue entonces cuando empecé a amar con
locura a mi hija Carmencita.
Su carita, su sonrisita y su mirada no se apartaban ni
por un instante de mis pensamientos, todo se lo quería comprar, la miraba en
cada niño o niña, hacía planes sobre planes, todo sería para mi Carmencita.
Una tarde estaba Rodolfo y su familia, haciendo un picnic a
la orilla de un río cerca de casa y la niña entabló una conversación con su
papá, todos escuchábamos:
- “Papi,... cuándo cumpla quince años, ¿Cuál será mi
regalo?.”
-
“Pero mi amor, si apenas
tienes diez añitos, ¿No te parece que falta mucho para esa fecha?”
-
“Bueno papito,... tu
siempre dices que el tiempo pasa volando, aunque yo nunca lo he visto por
aquí.”
La conversación se extendía y todos
participamos de ella.
Carmencita ocupaba toda la alegría de la
casa, en la mente y en el corazón de la familia, especialmente en el de su
papá.
Fue un Domingo muy temprano cuando nos
dirigíamos a misa, cuando Carmencita tropezó con algo, eso creíamos todos y dio
un traspié, su papá la agarró de inmediato para que no cayera. Ya instalados en la iglesia, vimos como
Carmencita fue cayendo lentamente sobre el banco y casi perdió el conocimiento.
La tomamos en brazos, mientras su papá buscaba
un taxi hacia el hospital.
Allí permaneció por diez días y fue entonces cuando le informaron que su hija
padecía una grave enfermedad que afectaba seriamente su corazón, pero no era
algo definitivo, qué debía practicarle otras pruebas para llegar a un diagnóstico
firme.
Los días iban pasando, Rodolfo renunció a su
trabajo para dedicarse al cuidado de Carmencita, su madre quería hacerlo pero
decidieron que ella trabajaría, pues sus ingresos eran superiores a los de él.
Una mañana Rodolfo se encontraba al lado de
su hija, cuando ella le preguntó:
- “¿Voy a morir, no es cierto? ¿Te lo dijeron los doctores? “
-
“No mi amor...no vas a
morir, Dios que es tan grande, no permitiría que pierda lo que más he amado
sobre este mundo.
Respondió el padre.
- “¿Van a
algún lugar? ¿Pueden ver desde lo alto a su familia?
¿Sabes si pueden volver?“
Preguntaba su Hija.
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“Bueno hija,... en verdad
nadie ha regresado de allá a contar algo sobre eso, pero si yo muriera, no te
dejaría sola, estando en el mas allá buscaría la manera de comunicarme contigo,
en última instancia utilizaría el viento para venir a verte.”
-
“¿Al viento? ¿Y cómo lo harías?.”
-
“No tengo la menor
idea hijita, solo sé que si algún día muero, sentirás que estoy contigo, cuando
un suave viento roce tu cara y una brisa fresca bese tus mejillas.”
Ese mismo día por la tarde, llamaron a Rodolfo, el asunto era grave, su
hija estaba muriendo. Necesitaban un corazón, pues el de ella no resistiría
sino unos quince o veinte días más.
- “¡Un corazón! ¿Dónde hallar un corazón? ¡Un corazón! ¿Dónde Dios
mío!.
Ese mismo mes, Carmencita cumpliría sus
quince años. Y fue el viernes por la tarde cuando consiguieron un donante, una
esperanza iluminó los ojos de todos, las cosas iban a cambiar.
El Domingo por la tarde ya Carmencita estaba
operada, todo salió como los médicos lo habían planeado. ¡Éxito total! Sin embargo, Rodolfo todavía no había vuelto
por el hospital y Carmencita lo extrañaba muchísimo, su mamá le decía que ya
todo estaba muy bien y que su papito sería el que trabajaría para sostener la
familia.
Carmencita permaneció en el hospital por
quince días más, los médicos no habían querido dejarla ir hasta que su corazón
estuviera firme y fuerte y así lo hicieron.
Al llegar a casa todos se sentaron en un
enorme sofá y su mamá con los ojos llenos de lágrimas le entregó una carta de
su padre.
"Carmencita,
hijita de mi corazón:
Al momento de leer
mi carta, ya debes tener quince años y un corazón fuerte latiendo en tu pecho,
esa fue la promesa que me hicieron los médicos que te operaron.
No puedes imaginarte ni
remotamente cuanto lamento no estar a tu lado en este
instante.
Cuando supe que ibas
a morir, decidí dar respuesta a una pregunta que me hiciste cuando tenías diez
añitos y a la cual no respondí.
Decidí hacerte el regalo más hermoso que nadie jamás haría por mi hija... Te regalo mi vida entera sin condición alguna, para que hagas con ella lo
que quieras.
¡¡Vive hija!! ¡¡Te amo con todo mi corazón!!”
“Carmencita
lloró todo el día y toda la noche; Al día siguiente fue al cementerio y se
sentó sobre la tumba de su papá; lloró como nadie lo ha hecho y susurro:
- " Papi,... ahora puedo comprender cuanto me amabas; yo también te amaba
y te amo. Muchas gracias por este
hermoso regalo que sin merecerlo me diste. Haré hasta lo imposible por hacer de
mi vida, esta vida que me regalaste, sea
todo lo buena, fructífera y bella que tu
hubieras querido para mí. Cada latido de
este corazón tuyo que vive dentro de mí, será para amar y albergar todos esos bellos sentimientos que
honrarán este maravilloso regalo que me diste: LA VIDA”.
En
ese instante las copas de los árboles se mecieron suavemente, cayeron
algunas hojas y florecillas, y una suave brisa rozó las mejillas de Carmencita,
alzó la mirada al cielo, intentó secar las lagrimas de su rostro, se levantó y
emprendió regreso a su hogar.